SOBRE COMUM

[texto original]

 

Naus de Ribes

Un curso celebrado en Valencia explora las posibilidades de este paradigma de pensamiento colectivista en expansión

2/11/2015 – 

VALENCIA. Diga lo que diga Garrett Hardin, los bienes comunales no son ningún drama y hay un buen número de personas decididas a demostrarlo. El ecologista promulgaba en su celebre texto de 1968 La tragedia de los comunes que los recursos compartidos tienden a ser destruidos por sus usuarios si no se da la intervención y la tutela de una entidad propietaria, sea esta de carácter público o privado. Pero existe un paradigma de pensamiento que, con una fuerza cada vez mayor, contradice el planteamiento de Hardin y lo hace con muy buenos argumentos.

Varios de los pensadores y colectivos del panorama estatal que defienden el modelo comunal con mayor empeño se reúnen ahora en Valencia en el marco del curso Comuns urbans, organizado conjuntamente por el estudio de sociología especializado en procesos participativos La Dula y la librería asociativa La Repartidora. El Observatorio Metropolitano de Madrid, la Fundación de los Comunes o el Solar Corona son algunas de las entidades que participan en estas jornadas que comenzaron el pasado viernes y se prolongarán hasta el 7 de noviembre.

Pero, ¿qué es exactamente eso a lo que se llama “los comunes”? “Se trata de todos aquellos recursos gestionados por comunidades activadas en torno a los mismos a través de unas normas y unos valores que los propios participantes van definiendo”, explica Lluís Benlloch, uno de los miembros de La Dula. En cualquier caso, se entienden las comunidades “no como barrios o ciudades, sino en un sentido abierto y amplio, que tiene en cuenta la heterogeneidad, la translocalidad y los diferentes niveles de implicación”, en palabras del sociólogo. Una concepción de las colectividades que, en última instancia, está muy ligada a la sociabilidad y las relaciones interpersonales.

Solar Corona

El paradigma de los comunes bebe de los planteamientos de la teórica norteamericana Elinor Ostrom, primera mujer en ganar un Nobel de Economía (en el año 2009), la fuente primigenia. Ostrom estudió en sus trabajos la explotación comunal de algunos recursos rurales como los bosques y los montes, las zonas de pesca o los sistema de regadío (en su libro Governing the Commons dedica un capítulo al Tribunal de las Aguas de Valencia). En la actualidad, este modelo se alimenta de la obra de autores como el geógrafo David Harvey, el politólogo Massimo de Angelis, el arquitecto Stavros Stavrides o el sociólogo Pascal Nicolas-Le Strat. En el contexto estatal destacan las aportaciones de la urbanista Ana Méndez de Andés, miembro del Observatorio Metropolitano de Madrid.

Se trata sin duda de un paradigma en expansión, que ya ha conquistado espacios como el Museo Reina Sofía o el MACBA, dos centros que han albergado jornadas dedicadas al estudio de estas ideas. Benlloch se muestra contundente: “será central en los próximos años, se ha ido fortaleciendo en las últimas décadas gracias a movimientos como el de la cultura libre surgido en el entorno digital o el ecologismo, que reivindica bienes comunes globales como el agua o el aire. Los estudios sobre los recursos rurales de Ostrom son una fuente de inspiración muy clara y una referencia constante, ya que reflejan las características de los comunes. Pero tenemos que evitar darle a nuestros planteamientos un acento nostálgico, ruralista o arcaico. Sin embargo, creo que este riesgo está más presente en las investigaciones sobre los comunes que en las experiencias prácticas”.

Entonces, ¿cómo trasladar un modelo surgido en medios rurales o en la vastedad de Internet al contexto de las urbes? “Con la llegada de la crisis económica, los comunes urbanos han alcanzado un peso muy importante. Las ciudades están repletas de espacios desvalorizados socialmente y, a causa de ello, han empezado a surgir experiencias como solares autogestionados, huertos urbanos, fábricas en cesión de uso o terrazas comunitarias”, explica Benlloch. Sin embargo, la propuesta de los comunes trasciende el hecho meramente espacial y se adentra en ámbitos tan diversos como los cuidados, la educación, la salud o la energía.

Huertos urbanos de Benimaclet

Es en la reivindicación de estos campos, junto a la de lugares y usos, donde el paradigma de los comunes se cruza con la política infiltrándose en la dicotomía entre lo público y lo privado hasta dinamitarla. “Lo común no es propiamente público ni privado, pero se relaciona de maneras nuevas con estos ámbitos”, afirma Benlloch. Como ejemplo pone el Solar Corona: un espacio privado, cedido a unos vecinos que le dan un uso público y apoyado por algunas instituciones. O la PAH, que apela a lo público para exigir el derecho a la vivienda.

“Los comunes tienen dos dimensiones”, explica el sociólogo, “por un lado se presentan como otra manera de practicar la ciudad y apropiarse de ella, un modo nuevo de significarse basado en formas de democracia radical muy poderosas y sustantivas. Por otro lado, pueden cuestionar y rehacer políticas públicas en campos como la educación, la sanidad o la cultura, avanzando hacia una gestión más democrática. La reivindicación comunal de estos ámbitos enlaza con movimientos ya existentes. Lo interesante es que actualiza estas luchas con teorías más contemporáneas y les da un marco general más solido”.

Bajo esta perspectiva que contempla la intersección entre lo común y lo público, la llegada a los ayuntamientos de nuevas fuerzas políticas surgidas en el entorno de los movimientos sociales se presenta como una coyuntura interesante. En palabras de Benlloch, “los nuevos escenarios municipales son una oportunidad para innovar en el ámbito de los comunes urbanos y para introducir elementos de gestión comunitaria en los recursos públicos. Al mismo tiempo, la administración debería impulsar las experiencias de comunes urbanos que ya existen, pero con el requisito básico de que se respeten los grados de autonomía que deseen preservar”.

¿Podemos encontrar en Valencia experiencias de este tipo que hayan resultado más o menos exitosas? Benlloch considera que sí. Y, entre los “centros de producción de innovación colectiva” cita, por ejemplo, el Programa MIH Salut, impulsado desde la administración, que está introduciendo elementos de gestión colectiva en la sanidad a través de la creación de mesas en las que participan las entidades que operan en este ámbito. O el Col·lectiu de Mares i Pares de Ciutat Vella, que se ocupa de la relación de los niños con la ciudad y, en especial, de los usos comunitarios de espacios públicos para los más pequeños.

Benlloch menciona también, entre las experiencias positivas, la de Centre Cultural de Tres Forques, “un barrio periférico alejado de la órbita del activismo al uso”, que a través de una cesión pública se ha convertido “en un punto de encuentro y sociabilidad”. O el CSOA L’Horta, en Benimaclet, un espacio okupado en el que coexisten un proyecto educativo infantil autogestionado, unos huertos urbanos y el propio centro, que organiza multitud de actividades culturales y políticas. Para el sociólogo, “L’Horta es una evidencia de cómo se van haciendo más complejas las formas de gestión de lo común”. Estos ejemplos se suman a otras iniciativas como la reivindicación de las Naus de Ribes en Russafa o la del Solar de la Botja en Velluters.

CSOA L’Horta

No es casual que las jornadas Comuns urbans se celebren en La Repartidora, un proyecto que inició sus andaduras en diciembre de 2014. De hecho, la librería asociativa forma parte de la red Fundación de los Comunes, un “laboratorio de ideas que produce pensamiento crítico” y que se ha instalado ya en diversas ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza, Málaga o Santander. “Lo común es uno de los pilares básicos de nuestra tarea”, explica Miquel Martínez, uno de los trabajadores del local ubicado en la calle Arquitecte Arnau de Benimaclet.

De acuerdo con Martínez, La Repartidora encuentra su razón de ser en tres ejes. En primer lugar, como librería asociativa para “compartir material que pueda favorecer el pensamiento crítico y que cuestione lo establecido”. En segundo, como estudio de diseño y comunicación para colectivos políticos. Y por último, como centro de formación con el objetivo de “contribuir a generar una serie de discursos que puedan resultar útiles a los movimientos sociales en la actualidad”. De esta manera, el proyecto se constituye, en última instancia, como “un dispositivo de enunciación y de acción”, en palabras de Martínez.

De forma interna, La Repartidora funciona, según Martínez, “de forma asamblearia, las decisiones se toman siempre por consenso”. Un comportamiento que coincide con lo que Benlloch explica que, en la práctica, deben ser los comunes: “tienen que ver con la horizontalidad y la gestión colectiva. Nos planteamos cómo encarar los problemas del asamblearismo y cómo podemos reducir las jerarquías que se dan en ocasiones de manera informal. Se trata de fomentar la reciprocidad. En definitiva, más que un espacio o una práctica concreta, los comunes son una manera de hacer, un tipo de relación social”.

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